Olía a castañas y a frío, luces y bullir de gentes flotaban en el aire y risas y pasos apresurados se atropellaban en las calles, las miradas de los niños discurrían con nerviosa emoción de escaparate en escaparate y sus naricillas empañaban los cristales engalanados con coloridas cintas brillantes. Al fin siempre regresamos a casa, la casa de siempre, el hogar que sólo existe en ese niño que todavía guardamos en una cajita del corazón, aquella casa cálida, acogedora, que huele a sueños, a papel de regalo, a ausencias llenas, a musgo y serrín de un pequeño pesebre que es el centro de atención, la casa a la que siempre regresamos en Navidad. (Boby)