No sé si, como tantas otras noches, caí inconsciente o símplemente me dormí, sólo sé que la combinación de las pastillas que me dio aquel loquero, mezcladas con ese líquido corrosivo que me desgarra desde el esófago hasta el alma, que aquí se atreven a llamar güisqui, hacen que pierda la noción del espacio, del tiempo y la razón. Siempre ese olor ácido, de licor barato, se mezcla con el de la humedad y el sudor ya corrupto que empapa la tela del jergón y hace que en la madrugada me despierte balbuceando, aún con los ojos vidriados del alcohol etílico y sus vapores que ciegan mi mente, de mi torpe garganta, seca y espesa, aún con mi cerebro, denso, que apenas distingue entre el sueño, el delirio y su realidad, logran deslizarse palabras que proceden de un viejo rincón del inconsciente, que tanto dominan mis ensoñaciones de alcohol y pastillas:
"A menudo la recuerdo, en los espejos sin reflejo, en los silencios sin respuesta, en los abrazos huecos... A menudo la recuerdo, en los relojes sin manillas, en las sonrisas enmudecidas, en un eterno "te espero"... A menudo la recuerdo, en los puntos suspensivos, en el humo de una vela, en la estela de un memento..."(Boby)