viernes, 30 de octubre de 2015

La estancia no era la más acogedora que se pudiera desear pero para el viajero en aquel momento resultaba un verdadero palacio, el cansancio y la edad no son misericordes  con nadie y menos aún con alguien que se ha abandonado a los placeres y aventuras que, si no le salían al paso, él se encargaba de escrutar, la humedad no es buena compañera para los huesos bregados.

Se dejó caer sobre el jergón y los muelles, como un acordeón viejo, rechinaron en un quejido, a tientas palpó sobre el sobre el cajón de madera que hacía las veces de mesilla para alcanzar el libro de poemas que siempre le acompañaba, con cierto desdén lo abrió al azar y su cara se sumergió en él:

Se yerguen las montañas
bañadas de tornasol
indiferentes a las olas,
profundo castillo
del dios Poseidón,
y en los ensueños
de los abismos,
entre el nácar de caracolas
juegan remembranzas de un niño,
de un niño que no quiso ser mayor.

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